Los cuestionarios que el alumnado rellena antes de recibir los Talleres de Coeducación y prevención de la violencia machista en adolescentes, nos ha permitido identificar un problema entre los adolescentes: el concepto de “violencia de género” les provoca equívocos. El informe elaborado por la Comisión para la Investigación de Malos Tratos, en colaboración con Albelia Consultora, revela que el 69% no identifica la violencia de género como un problema social que afecta a las mujeres y que viene derivado de desigualdades sistémicas. Pues los encuestados definían en su mayoría la “violencia de género” como una violencia que se ejerce indistintamente “de un género a otro”.
En base a nuestra experiencia, si el alumnado desconoce la definición de género, y los efectos que la socialización diferencial tiene en la vida de los individuos, no se podrá entender el concepto “violencia de género”. Por tanto, empezaremos la formación con ellos y ellas, aclarando estos conceptos clave.

Casi todo el mundo tiene una idea de lo que es “el género”; sin embargo, a medida que se profundiza se observa que suele categorizarse como una simple descripción social sobre los sexos sin observarse que no se limita sólo a ser sólo un concepto descriptivo, sino normativo que reglamenta la vida de las personas; desde el punto de vista investigador es, además, un concepto relevante para poder evaluar, medir, conocer cómo evoluciona, cómo cambian los sistemas de creencias, los estereotipos, los discursos, en tanto que estructuras sustentadoras (o modificadoras) de la desigualdad social entre las mujeres y hombres.
El concepto de género es un concepto que está -en este siglo- muy presente en los medios de comunicación y redes sociales especialmente en los últimos diez años, donde la divulgación del concepto ha sido importante, habiendo trascendido del ámbito académico a la “plaza pública”, sin embargo, este tránsito desde lo académico a lo popular ha generado cierta confusión social sobre qué es exactamente “el género”. Observamos que suele reemplazarse “sexo” por “género” en las estadísticas y encabezamientos de indicadores sociales, que muchas veces se identifica sólo como un asunto de las “mujeres”, o de “algunas mujeres”, que se remezcla con “orientación sexual” haciendo con ello que el concepto de género sea cada vez más indefinido, impreciso y confuso ¿Cómo definir a la mujer, al hombre? ¿En qué nos basamos? Es en este territorio donde se adentra el concepto de género para establecer las “distinciones” entre lo que “cada sociedad interpreta” que son las mujeres y los hombres.
Como es sabido, el concepto de género irrumpió con fuerza en las ciencias sociales en la segunda mitad del siglo XX de la mano de Simone de Beauvoir (1949), del psicólogo social Money (1955), una década después, de Stoller (1968); a partir de los años setenta de los Women´s Studies que lo incorporarían como categoría analítica explicativa de las desigualdades sociales entre los sexos y de Millet, a fines de los sesenta que definirá al género desde una perspectiva basada en las relaciones desiguales de poder entre los sexos en cada sociedad.
El concepto de “género” surgió para poder distinguir el comportamiento social humano del aspecto puramente biológico, que nacer con un sexo determinado no decreta tu comportamiento social (determinismo biologicista) sino que este está determinado por variables sociales, culturales, económicas, políticas entre las que las personas se desenvuelven, interactúan y se desarrollan a lo largo de toda una vida, haciendo del género un concepto fluido. Sin embargo, la sociedad en la cual interactuamos, con sus valores, su cultura, sus normas, sus mandatos es la que establece lo que es apropiado para cada sexo conforme a esas mismas normas, valores, expectativas, y en este sentido sí puede otorgar -y otorgó en contextos europeos- más valor a un sexo que a otro, sí puede definir lo que “deben ser, hacer, sentir” (todas) las mujeres y (todos) los hombres desde el momento del nacimiento y construir así categorías distintivas, binarias, para la masculinidad y femineidad que, en función del valor social dado a unos y a otras, deriva(ra)n en desigualdades sociales que posiciona(ra)n al sexo menos valorado en situaciones de mayor desventaja, con mayores probabilidades de discriminación, con mayores riesgos de sufrir violencia.

A todo ese conjunto de mandatos sociales que se estipulan para cada sexo, que se hetero designan desde el nacimiento, en una época dada, en un tiempo concreto, bajo unas prescripciones sociales determinadas, se le denomina “género”. Es por tanto un concepto “mutante” (ser mujer u hombre no es siempre definido de la misma manera dependiendo del lugar, contexto, época histórica…) pero estable y constante (porque siempre hay una “definición”).
Como los seres humanos somos sujetos sexuados y sujetos culturales, a partir de las diferencias biológicas primarias se elaboran cultural y esencializadamente los significados (género) sobre las mujeres y hombres y a partir de esa distinción, las desigualdades sociales se abren camino cuando se legitiman por la comunidad social, tales distinciones. De esta manera las distintas sociedades han ido construyendo un conjunto de definiciones socioculturales sobre los sexos (macho, hembra, intersexual) que legitimaron determinados comportamientos sociales (consolidados en procesos de socialización) para las mujeres y para los hombres diferenciando sus comportamientos/sentimientos, roles, espacios donde realizar los roles, concediendo mayor valor /trascendencia a lo realizado por los hombres.
Es, por tanto, el “género” un constructo histórico dúctil, que tiene una base cultural y es la sociedad quien define las actividades, el estatus, las características psicológicas, los roles que “deben” desempeñar las mujeres y los hombres, que ha ido posicionando de manera desigual a mujeres y a hombres en las sociedades por ello es considerado un criterio sociológico explicativo de la desigualdad social y una variable explicativa de las dinámicas violentas que viven y han vivido muchas mujeres a lo largo de la Historia.
Si el género es la construcción social (simbólica) de la diferencia sexual ¿Qué es sexo? Este concepto suele confundirse con “sexualidad” o con “orientación sexual”, es preciso recordar que no son conceptos equivalentes.
En las sociedades occidentales europeas sexo y género son categorías dicotómicas y binarias que suelen ir “emparejadas”, sin embargo, sexo no es género. El sexo es una categoría biológica que es utilizada para poder distinguir a la hembra del macho, al macho de la hembra de una especie y a ambos de un animal hermafrodita a partir de sus características fisionómicas, gonadales, hormonales etc., pero no tiene que ver con el género (sociológico). El sexo es un proceso de sexuación y diferenciación biológica y el género es un concepto social, subjetivo que diferencia a los “hombres” de las “mujeres” en sus relaciones sociales a partir de su sexuación primaria y diferenciación biológica.
Como se ha visto el género no es una categoría estática, cambia, evoluciona, se ajusta, redefine a mujeres y hombres en cada momento histórico y está atravesado por otras categorías sociales, como la etnia, la pertenencia a una clase social, la cultura. Todas estas características se traducen en la práctica en las condiciones de vida de mujeres y hombres. Así la realidad de las mujeres de una clase social concreta diferirá de la de otra clase social concreta, la realidad de una mujer blanca diferirá de la de una mujer negra. A esto se le denomina interseccionalidad. Sin embargo, con independencia de la clase social, etnia, cultura, religión, condición, las mujeres (como género, no como individuos concretos) con respecto a los hombres (como género) en su misma situación presentan denominadores comunes: un ejemplo sería la probabilidad de sufrir violencia en algún momento de sus vidas; una violencia contra las mujeres indistintamente de que sean mujeres muy diferentes entre sí, con independencia de cuál sea su origen, su situación, su posición social, sus creencias, su cultura, porque el “género” es el hilo conductor de tal violencia, una violencia que se ejerce por la diferencia subjetiva dada a los sexos.
Lo que busca la interseccionalidad es entender que existen diferencias intragrupo (intragénero) y no sólo intergénero, ya que las experiencias de violencia de las mujeres están moldeadas por otras dimensiones como la etnia, la clase social y otras categorías de entidad (Crenshaw).
La interseccionalidad es un gran aporte en la deconstrucción de una imagen estática de las mujeres víctimas de violencia de género, pues esta violencia la puede sufrir cualquier mujer con independencia de “cómo” viva, “cómo sea”, “cómo sienta o se sienta” “cómo se defina” o “lo que haga”.
El “género” es un concepto relacional, por tanto, alude siempre a las relaciones sociales que establecen las personas en el marco de su cultura, normas, sistemas de creencias. Aunque las relaciones históricas de género hagan posible centrar el debate en la situación y posición de las mujeres en las sociedades debido a su condición histórico-primaria de desigualdad con respecto a los hombres, el género se refiere a la relacionalidad de ambos sexos. Esta cuestión es relevante cuando hablamos de violencia de género. No es posible hablar de violencia de género si no se analiza, al mismo tiempo, quien la ejerce y quien la sufre y por qué. El género analiza las valoraciones sociales que las sociedades (occidentales europeas en nuestro contexto) hacen sobre los hombres y sobre las mujeres y sus relaciones sociales y como estas valoraciones conciernen y atraviesan a la vida personal de ambos. Estudiar las asimetrías relacionales que generan situaciones de violencia en el ámbito de las parejas (también en el espacio público) sería un ejemplo de esta situación, las asimetrías son generalmente de poder (real o simbólico), es decir, si alguien ejerce un poder de control sobre otra persona es porque “puede” ejercerlo y si cuando lo ejerce, no encuentra impedimento social para ese ejercicio de control sobre la vida de otra persona, las violencias sociales encuentran legitimaciones y normalizaciones.
Por lo tanto, al hablar de las relaciones sociales desiguales entre mujeres y hombres, de cómo se construyen, cómo cambian, cómo afectan a la vida de mujeres y hombres (analiza el género el conjunto de normas y de prácticas socialmente determinadas que afectan a la vida de las personas) siendo las discriminaciones y violencias un efecto que, en conjunto, hace posible que sean las mujeres las principales víctimas de violencia y los hombres los principales victimarios. Ser “mujer” (=lo perteneciente y característico al género femenino) sería así un agravante de violencia, en mayor o en menor grado.